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lunes, 31 de agosto de 2009

México: Los jóvenes indígenas y la globalización en América latina


En un mundo complejo y multicultural, herencia de casi tres décadas de nuevas prácticas económicas y comerciales, las nuevas generaciones indígenas en el continente también están modificando sus patrones culturales según el impulso de la modernidad (Foto: Jesús Quintanar).

Por Irma P. Juárez González*

Milenio, 30 de agosto, 2009.- Tal es título de la obra coordinada por la especialista Maya Lorena Pérez Ruiz, que como comentados en este espacio (“El nuevo rostro de la pobreza, fin de semana, 16 de agosto), da cuenta de las aportaciones de un abanico de expertos que participan en ella, como Laura Valladares de la Cruz, Milca Castro Lucic, Germán Rojas Roncagliolo, Carlos Ruiz Rodríguez, Alexis Rivas Toledo, Eva Fisher, Maziel Terrazas Merino, Álvaro Bello Maldonado, Verónica Ruiz Lagier, Marta Romer, Rebeca Igreja, Manuela Camus y Martha Ligia Mayorga.

La idea eje del volumen es reflexionar sobre los procesos a los que se ven expuestas las identidades indígenas ante la globalización, en especial los jóvenes, y si el resultado de este proceso de contacto, homogeniza, desdibuja o desaparece estas mismas identidades.

Por lo mismo, la obra Jóvenes indígenas y globalización en América Latina (INAH-Conaculta, 2008) se vuelve de lectura obligada para quienes estudian los procesos migratorios y sus efectos en los tejidos sociales, políticos y culturales; así como para quienes se especializan en las juventudes indígenas. Pero también resulta vital para revisar la idea que nosotros mismos tenemos de lo mexicano, lo latinoamericano y de la manera de pensarnos en la globalización.

Futuro incierto

Uno de los énfasis está puesto en reconocer que, si bien la globalización tiende a homogenizar los patrones de consumo, de acceso a la información y de apropiación de estilos de vida modernos, ésta también impacta con fuerza en las manifestaciones culturales, las expresiones artísticas y las modas que los jóvenes indígenas o mestizos, blancos o negros, hispanos o asiáticos enarbolan como formas de sumarse a una época en la cual la premisa “vive intensamente, muere rápido” se vuelve un espacio común frente a un futuro incierto y poco alentador.

El libro también registra las tendencias a una renovación entre los jóvenes indígenas guatemaltecos, purépechas, aymaras o mapuches, entre otros, quienes a través de una tradición de diásporas históricas de padres y abuelos han deconstruido y reconstruido rasgos identitarios para contender ante diversos espacios y nuevos mundos simbólicos a su paso por nuevas tierras.

Menciona Pérez Ruiz que “los trabajos aquí reunidos muestran cómo los procesos que se gestan entre los indígenas de América Latina no son unidireccionales ni producto de una oposición mecánica entre lo tradicional y lo moderno. Lo que se advierte en cambio, es cómo ese poderoso flujo de modernidad que está presente en las comunidades indígenas, rurales y urbanas, puede producir también el fortalecimiento de las identidades propias, además de generar nuevas formas de identidad y cultura, si bien como lo explica Martha Romer éstas pueden estar en tensión e incluso en conflicto. Así que junto a la desterritorialización y la deslocalización inherentes a la globalización, que acaso esté generándose en ciertas regiones del mundo, entre los jóvenes indígenas de América Latina encontramos que se están gestando nuevas formas de reterritorialización y de relocalización de culturas e identidades particulares, muchas de ellas expresadas entre el sector indígena joven”. (pp. 33)

Diversas trayectorias y derroteros

Las experiencias narradas en la obra dan cuenta de la gran distancia recorrida en la reflexión sobre lo indio, y cómo las propias trayectorias de dos generaciones o más suponen una nueva formar de pensar las identidades indígenas.

No se puede evitar escuchar los ecos de la lectura de Guillermo Bonfil Batalla en su México profundo en donde el autor reflexionaba cómo era pensado lo indio en las esferas de lo que el llamó el México imaginario, el México moderno, en donde desde las esferas políticas y gubernamentales lo indio era parte de un patrimonio muerto; el indio era recordado en los pasajes de los libros de textos gratuito, lo indio venerado como un monumento. Pero el indio, lo indígena no tenía cabida como tal, sólo podía ser rescatado como folclor.

En la obra coordinada por Pérez Ruiz las vidas, las fiestas, los rituales, las trayectorias académicas y políticas muestran la capacidad de estas juventudes de recrearse en un mundo complejo y multicultural. Figuran también los temas de género, de igualdad, los nuevos procesos de socialización, la nueva manera de conceptualizar el ser joven indígena, la constante presencia del ser “cholo, pachuco, mapurbano” así como la transformación de las jóvenes indígenas que pese a ser tildadas de locas, dejadas o raras ya no quieren en la actualidad ser robadas para iniciarse en la vida marital, ni siguen al pie de la letra lo que los mayores les indican.

Ellas y ellos deambulan entre dos percepciones de los que se quedan y los que salen de la comunidad, rescata Pérez Ruiz de acuerdo con lo que Martha Lilia Mayorga halló entre los jóvenes indígenas colombianos: “Hacia los que se van, las actitudes pueden ser de molestia y de desconfianza, como lo indica la abuela que habla lengua wayúu y que dice que “hoy en día los jóvenes no pueden contar sus sueños porque ni siquiera saben qué sueñan”; aunque también pueden ser de confianza, como narra el taita Antonio Jacanamijoy, para quien esos jóvenes universitarios son los que “traen mensajes [de afuera] para luego llevarlos a su lugar de donde proceden [sus comunidades], de modo que son vistos como los que aprenden cosas que después pondrán al servicio de su pueblo.” (pp. 23)

Muchos de estos jóvenes no conocieron la lengua materna, otros la escondieron, la guardaron para no ser blanco de estigmatización y devaluación.

Quiero terminar con un poema escrito por Natalio Hernández en náhuatl y del cual él mismo refiere lo siguiente (El camino del diálogo pp. 147-148. En Renacerá la palabra, José M. Valenzuela, 2003): “El canto, la poesía en mi propia lengua, me ayudó a no morir de angustia cuando empecé a radicar permanentemente en la gran ciudad de México-Tenochtitlan. Pero también el poema o xochicuicatl en mi propia lengua me llevó a tomar conciencia de que nuestros pueblos tenían que empezar a caminar solos”.

Así escribió Natalio Hernández en 1982 el poema que dice:

Quemantica nihmachilia

tlen timasehualme tihchia se tlacatzin tlen noche hueli,

tlen noche quimati

tle huelis techmaquixtis.

Inin Tlacatzin

tlen nochi hueli

ihuan nochi quimati axquema asis;

ipampa tohuaya itztoc tohuaya nemi

pehuaya tlachia nohua cochtoc.

(A veces siento que los indios

esperamos la llegada de un hombre

que todo lo puede, que todo lo sabe

que nos puede ayudar a resolver

todos nuestros problemas.

Sin embargo,

ese hombre que todo lo puede

y que todo lo sabe nunca llegará;

porque vive en nosotros,

se encuentra en nosotros

camina con nosotros; aún duerme,

Pero ya se está despertando.)

* Irma P. Juárez González es profesoradel Departamento de Sociología UAM – Azc. Coordinadora del Programa de Investigación Multidisciplinaria para un Desarrollo Sustentable. Correo: ipjg@correo.azc.uam.mx

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